Ulber Sánchez

Tepetixtla, 1978

Poeta de ojos verdes que lo mismo escucha a Mahler, Real de Catorce o Los Trovadores del Sur. Es un poeta con un fuerte registro, que también incursiona en la promotoría cultural, el diseño y la edición. Le gusta estar en movimiento y en constante acercamiento con la poesía y la palabra.

Muestra de obra

Epílogo de Ícaro

I

Siempre que ocurren tragedias hay quienes recuerdan su pasado de crímenes. El amor agusana tu nombre. Nadie te escucha. Eres el odio usando una máscara: por eso Dios quiere tu sangre como la cabeza del Bautista.

II

El mundo te piensa en los hemisferios de la ira. Allí, en el sonido del agua, vendrá Ícaro con su legión a vencer tu muerte y pasará en el cielo un rayo de luz que inmisericorde abata la cera que sostiene sus alas. Entonces, pájaro bellísimo caerá.

III

Ícaro, ángel que bifurca tu extraña manera de ser extranjera, tendía su cuerpo en los fuegos de la pasión; mientras tú acariciabas ciertas plumas que carecían del ámbar de la muerte, que no viene dos veces por tu sonrisa.

IV

Ya sabrás de las batallas del cielo, de las noches en sus descripciones. Mientras tanto, un rumor de balada llega a tu memoria.

V

Las palabras vuelan de tu boca. Las palabras se anudan a tu vuelo.

El corazón es un libro que muestra sus sueños. Ahí, buscas el sitio exacto para caer, Ícaro. Sigues intentando volar bajo la oscuridad de Brueghel.

Canción de invierno


Así es la vejez: claridad sin descanso.

Antonio Gamoneda

Este cuaderno pesa

Es pura luz

                                   Es pura sombra:

es mi sangre total cargada de sentido.

                                 Efraín Bartolomé

La noche un tanto rumor

­[La noche se descuelga de tanto rumor. La muerte edifica su angustia por las estrechas calles. Escucho el sonido de los árboles, la llovizna en la demencia, el fuego turista que llenan los silencios.

Bajo el amparo nocturno, bajo la mirada intrusa, especulativa del insomnio, se acerca tu adiós.

Pienso en la ancianidad, en el aire que da el mal de ojo.]

Resignación de la vejez

Para Jesús Bartolo

[Toda resignación de la vejez es amenazada por la herencia de los años, por el remordimiento de la traición que cae como una voz marina: cardumen de palabras. En toda resignación hay una muerte segura, algo que se yergue en el incesante pretexto de este diario que crece con la derrota.

En toda resignación queda el desprecio hacia la muerte, las avecitas postradas en frases inconexas, el dolor más presente en la vejez.]

Ya no vuelvas

[Ya no vuelvas, no busques el sol al amanecer, no disipes las verdades en tu cuaderno de notas. Mejor escucha esa inscripción de vigilia y abandono.

Debes de saberlo: sigo pensando en tus manos, en los gestos de tu rostro, recuerdos de la vejez.
He venido a olvidarte a pesar de la consecuencia de no lograrlo. He venido a pesar de la mentira.

Ya no vuelvas.
Las canciones son una tregua, cardiaco corazón de lúmenes continentes. Todo tiene su peso, la desnudez exacta, su bestialidad.

Pequeño Perseo que soy en mi delirio.

Música que fecunda el recuerdo como un demonio que clava su alfiler a seres deslumbrados.

No vuelvas, ya no.]

Versiones de la muerte

Para Erik Escobedo

[Te hablaré de cómo el mundo da sus versiones del invierno, de la muerte que prorroga la ignorancia de un retorno innecesario, del amor que se desgaja en la respiración del olvido.

La muerte es un gorrión en el umbral de tus ojos. Lo sé porque para nombrarte la ciudad vuelve del agotamiento. Por tus ojos, trasciende la esdrújula versión de la muerte.]

Drunk on te moon

[Bajo la sombra incalculable de la noche, un cuerpo se desvanece, un cuerpo es acariciado por el rumor de la vejez. Afuera, los acordes de Tom Waits traslucen el dolor y la mirada de los espejos. Todo indefinible, un par de labios se deslizan para interrogarse, malva agonía en el corazón. Los sueños son un graznido cerca de la angustia. Alguien canta Drunk on the moon.]

Hablar de ti

Para mi abuela Otilia, en memoria

[Hablo de ti con la dulzura que nos construye, voz inconfundible en el olvido. Hablo de ti con un gesto de saberte lejos, terrible fiebre de seguirte nombrando. En el olor de ciertos árboles, tu presencia es una sombra; los mirlos calculan tu mirada.]

Zurda lluvia

De nuevo sólo se escucha

el crepitar inextinguible de la lluvia

que cae y cae sin saber por qué

Jorge Teillier

[Esta ciudad no es más grande que tu mirada,

su luz es triste, su luna petrifica esa música estruendosa de ciertos miedos.

La noche tiende sus larvas y destruye en el incendio de las caricias,

                                                los frutos comestibles, los frutos venenosos.

No hay batalla que sea breve, aun así, la lluvia deja sus estaciones en el cuerpo de las calles, su hedor de pájaro:

                                                               la lluvia apareja sus gotas.

Vuelven sus aromas, su abril, estación de niñas gotas,

bajan y estrellan sus corazones.

                                                   Vuelven tus besos vendavales  y la tormenta en mi corazón es oscurísima.

Lluvia transparente, estación de niñas,

lluvia zurda:

                    manda un tropel de viento, esparce las buenas malas,

la memoria del tifón, la memoria del huracán.

Abraza con su agua dulce, abraza con sus palabras tiernas,

                                                                          fluviales, cristalinas.

Antes que la lluvia, estás tú.]