Patricia Highsmith

Su mirada guarda un secreto. Quizá piensa en el crimen perfecto, donde el asesino por fin pueda vencer las reglas morales de la vida, que dicta que todo crimen se paga. Mientras sostiene un gato, Patricia Highsmith nos observa y sabe perfectamente que estamos atrapados en ese laberinto de un trama perfecto, a veces morboso. Se dice que visitó la ciudad colonial de Taxco, que recorrió esos callejones empedrados, quizás en cada esquina trataba de vislumbrar la sombra de Ripley, o contemplar un silencioso crimen en esas callejuelas, imaginando las miles de páginas que erigió como un templo del crimen, del horror. Hay un cuento suyo que ocurre en un pequeño yate de vela que se encuentra anclado en Acapulco, un gato Ming, trama un crimen. Algo nos dice que Highsmith también estuvo en el puerto, atraída quizá por la belleza del paisaje que ofrecía Acapulco en esos años.

Patricia Highsmith y Taxco


Analí Lagunas

En mayo del 2016, poco después de enterarme de su estadía en Taxco, comencé a realizar algunas anotaciones sobre datos que iba encontrándome de ella y de la ciudad. Hoy, casi cinco años después de eso y mientras retomo aquellos apuntes solo puedo pensar que la estancia de Patricia Highsmith está rodeada de incógnitas que quizá solo una sesión espiritista nos permita despejar.
¿Qué encontró en Taxco durante los cinco meses que habitó la ciudad? ¿Huía de algo? ¿Habrá conocido alguno de esos chismes Taxqueños que alimentaban la sobremesa en aquellos tiempos? ¿Habrá en Extraños en un tren un guiño a la trágica leyenda de la Casa Roja?
Lo de su vida en Taxco me llegó de oídas, como mucho de lo que continuaré relatando y es quizá eso la mejor prueba que tengo de su vida en una ciudad donde todo se sabe por rumores y cada nuevo poseedor del rumor aumenta un poco el tono de la historia para inyectarle algo de sazón.
Gracias a la ruta que se trazó desde la ciudad de México hasta el puerto de Acapulco, no es de extrañar que Patricia tropezara con Taxco. La carretera federal 95 atravesaba Cuernavaca, Taxco, Iguala, Chilpancingo y encontraba su destino final en el Acapulco dorado que en los 40 y 50 se posicionó como el adelanto del paraíso aquí en la tierra. Esta carretera permitió que Taxco dejara de ser solo un punto en el mapa y pasara a convertirse en un punto de visita obligado para los turistas que viajaban con rumbo al puerto. El mejor ejemplo de esto es William Spratling, el arquitecto estadunidense que sentó las bases de la platería contemporánea en la ciudad y cuya presencia fue como un imán de celebridades: los Kennedy, Liza, Walt Disney, Marilyn Monroe, Malcolm Lowry, Diego y Frida, Trotski y la entonces incipiente escritora Patricia Higsmith que llegó a la ciudad en 1945.
En la travesía de 2016, me gustaba imaginarla recorriendo la ciudad con la ávida pasión que deja sentir en sus novelas, otras veces la podía ver sentada en las bancas del zócalo observando a las personas que caminan por ahí sin ser muy conscientes de lo mucho que les sonríe la fortuna. Ella decía, con bastante soltura, que se sentía más cómoda no hablando con las personas y creo hallar en esa afirmación un motivo para justificar esos cinco meses en la ciudad.
En algún momento, después de la curiosidad inicial que provoca un extranjero en la ciudad, seguramente ella se volvió parte del paisaje local; una parroquiana devota del Bar Chachalacas que, alejado de la postal turística, la recibía con la familiaridad de los amigos de borrachera. Chachalacas se encontraba justo a la mitad de una calle que vista desde arriba (en Taxco todo sube o todo baja) parece un cruce de caminos amenazante, es un callejón que se bifurca y que debe su nombre a las parvadas de estas aves que se acomodan en los árboles que dan sombra a todo el trayecto. El callejón, ubicado a un costado de la calle Benito Juárez conocida más por ser la vialidad que conecta el centro de la ciudad con la carretera 95, tiene también su historia trágica al más puro estilo de la novela negra: A principios de los dosmiles un adolescente pendenciero asaltó y, como declararía posteriormente en el juzgado, “sin querer asesinó” al hijo del ministro de Educación y Trabajo de Grecia. De aquel suceso los vecinos recordamos la figura de un hombre tendido sobre su espalda al final del callejón, sería un transeúnte descuidado el que descubriría que aquel joven no era un borracho reposando la fiesta, sino el cadáver de Ciannistsis Constantine quien murió apuñalado la madrugada del 31 de diciembre del 2001 en las inmediaciones del callejón.
Por suerte para Highsmith y quizá porque el Taxco de los 40 era diametralmente opuesto al actual, para ella apenas era necesario hablar un poco de español para pedir un trago y el temor que provocaba una mujer en un bar la mantuvo a salvo de los compañeros impertinentes. Descubrí también durante mi pesquisa que sería más fácil seguirle el paso a Patricia a través de los bares y cantinas de la ciudad. El Fiofo, la cantina de Argimiro Pineda fue el primer punto que traté de ubicar en sus cuentos y en los apuntes que alimentaban la libreta de viajes que ella procuraba. Don Argimiro era conocido en el pueblo por preparar las zarcitas, una bebida hecha con el zumo de las frutas regionales y Habanero Ripoll. ¿Por qué Patricia no habló de esta bebida en su cuaderno de viaje? ¿Eran las Bertas su trago taxqueño preferido? ¿Encontró en esa mezcla de tequila José cuervo, miel y jugo de limón un elixir para mitigar el calor suriano? Para 1945, el año en que Patricia vivió en la ciudad, Spratling ya había convertido el cuartel de policía frente a Santa Prisca en el Bar Berta, un refugio para turistas y locales donde, desde 1930, se sirve el trago que da nombre al bar y recuerda a la creadora de esta bebida: Berta Estrada.
Me gusta creer que se enamoró de la ciudad y de la casita encalada con tejado a dos aguas que habitó. Algunos investigadores y periodistas han dicho que su estancia en Taxco fue deprimente y que de los cinco meses que estuvo aquí apenas pudo escribir dos cuentos: La Plaza y El Coche, los dos plagados de referencias a la pobreza y la violencia que desde entonces se ha asociado con Guerrero. Hay quienes dicen que fue aquí donde encontró algunos de los personajes y escenarios que más adelante integrarían ese mundo hostil y oscuro que es su universo literario. Yo quiero creer que durante algún momento fue Taxco ese espacio donde pudo asegurarse el silencio y la holgura suficiente para escribir y descubrirse no solo como escritora sino también como mujer. Como le sucede a Therese: Quizá fue Taxco esa Carol que le permitió nutrir su vocación y afianzar aquellos deseos que en Texas tuvo que reprimir.
Quizá los pocos datos que pude rastrear de ella son la mejor prueba de lo casual que fue su llegada; como pasa todavía, Taxco no termina de acomodarse en la imagen suriana de sol y palmeras que todos quisiéramos tener de Guerrero. Algo hay en nuestras calles, en nuestros fantasmas, en nuestra forma de habitar el ideal suriano que no nos permite abrazar la memoria colectiva si no hay fama y reflectores sobre la misma. Nadie, ni siquiera algunos trabajadores del hotel Victoria donde se encontraba el otro bar que le gustaba frecuentar, pudieron decirme algo sobre la jovencita gringa de cabello corto que les mostré en fotografías.
Envuelta en el halo del anonimato su paso por esta ciudad fue apenas un capítulo de aquella novela que nunca quiso publicar.